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Internacional · 2 de septiembre de 2026

Tomás Mazza admite recaída en esteroides tras sus peleas

Este artículo ha sido generado con asistencia de inteligencia artificial a partir de fuentes verificadas.

Tomás Mazza volvió a quedar en el centro de la conversación pública, y esta vez no por un entrenamiento extremo ni por una nueva pelea, sino por una confesión que abre más preguntas que respuestas. El influencer fitness argentino, señalado en el texto como una figura con más de dos millones de seguidores en Instagram, afirmó que recayó en el consumo de esteroides anabólicos después de sus combates de boxeo contra Viruzz y Gero Arias.

La declaración no pasó desapercibida. En un contexto en el que Mazza ya venía hablando de su salud mental, su testimonio suma una capa más al relato de un período especialmente inestable. Según lo que él mismo explicó, todo habría comenzado “por ignorancia” y también por la presión del entorno. La frase no es menor: en su versión, no se trató de una decisión aislada ni de un impulso improvisado, sino de una dinámica que fue ganando terreno hasta volverse difícil de frenar.

Mazza fue todavía más lejos al describir el mecanismo que, según dice, lo atrapó. Aseguró que, una vez que se entra en el consumo, “no podés salir”. Esa idea, planteada por él mismo, coloca el foco no solo en el uso de anabólicos, sino en la relación que terminó construyendo con ellos. En su relato, el problema no se limita a una etapa puntual, sino a una dependencia psicológica y física que habría marcado su rutina posterior.

El influencer también relató que llegó sin anabólicos a sus peleas contra Robleis, Viruzz y Gero. Ese dato aparece como parte de su propio testimonio y ayuda a ordenar la cronología de lo que cuenta: primero habrían sido los combates, después la recaída. En ese recorrido, el combate contra Gero Arias aparece como un punto de quiebre especialmente sensible.

Según explicó, tras esa pelea atravesó un momento de vulnerabilidad emocional y cayó en una depresión fuerte. En sus palabras, no sabía “qué hacer” con su vida después de haber perdido gran parte de su “físico de competición”. Ahí aparece otro elemento clave de su relato: la identidad que había construido alrededor del rendimiento y la apariencia física. Perder ese estado, siempre según su testimonio, no solo le afectó el cuerpo, sino también la cabeza.

La urgencia por recuperar el físico que tenía antes de las peleas habría sido, de acuerdo con lo que dijo, el motor que lo llevó a retomar el uso de esteroides. En otras palabras, la presión por volver a verse como antes terminó empujándolo de nuevo hacia el mismo camino. El conflicto no se reduce a una cuestión estética: Mazza sugiere que el golpe emocional posterior al combate fue determinante en esa decisión.

Otro punto que llamó la atención es cómo describe el efecto de ese consumo sobre su vida cotidiana. Mazza dijo que esto terminó afectando su relación con el entrenamiento y la alimentación natural, hasta el punto de sentir que “le falta algo” si no los consume. El dato, tal como lo expone, deja ver que el asunto ya no sería una cuestión pasajera, sino una sensación incorporada a su vínculo con el deporte y con su rutina alimentaria.

La confesión llega pocos días después de que Mazza hablara abiertamente de una tercera recaída en depresión, ansiedad y TOC. Ese contexto es importante porque ubica sus declaraciones sobre los esteroides dentro de una etapa más amplia de crisis personal. No se trata, por tanto, de una revelación aislada, sino de una pieza más en un cuadro que él mismo ha ido describiendo públicamente en los últimos días.

El contraste con lo que dijo en el pasado también alimenta el interés mediático. El texto señala que Mazza había negado públicamente antes el consumo de esteroides, algo que choca con sus afirmaciones actuales. Esa tensión entre lo que sostuvo en otro momento y lo que ahora reconoce es una de las razones por las que su caso se volvió tendencia. Cuando una figura pública cambia de versión sobre un tema tan sensible, el ruido está garantizado.

En el universo del entretenimiento digital, donde la imagen personal pesa casi tanto como el rendimiento, una confesión así tiene impacto inmediato. Mazza no solo habló de una recaída en esteroides, sino que la enlazó con sus peleas, con la presión del entorno, con una depresión fuerte y con la dificultad para sostener una relación “natural” con el entrenamiento y la comida. Todo eso, contado por él mismo, compone una historia que mezcla deporte, exposición pública y salud mental.

También pesa el hecho de que los protagonistas del circuito de boxeo mencionado en el texto —Viruzz, Gero Arias y Robleis— aparecen como parte del recorrido que Mazza usa para explicar su caída y su posterior recaída. El relato se apoya en esos combates para ordenar el antes y el después, y deja claro que, para él, lo ocurrido en el ring tuvo consecuencias que se extendieron bastante más allá de la pelea.

Por ahora, lo que hay sobre la mesa es su versión. Mazza afirmó, explicó, aseguró y dijo. Y en ese conjunto de declaraciones queda dibujado un panorama delicado: un influencer que admite haber recaído en esteroides anabólicos, que vincula esa recaída con el desgaste emocional posterior a sus combates y que reconoce haber quedado atrapado en una dinámica que, según su propio testimonio, le resultó difícil de abandonar.

La historia sigue generando conversación porque combina varios ingredientes que suelen disparar el interés: una figura muy seguida en redes, combates de boxeo con nombres conocidos, una confesión sobre sustancias anabólicas y un trasfondo de salud mental que él mismo puso sobre la mesa. En definitiva, Mazza quedó otra vez bajo la lupa, esta vez por una admisión que contradice su postura anterior y que vuelve a abrir el debate sobre la presión, la imagen y las consecuencias de vivir bajo reflectores.

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